
Un día, ya lo sabes,
jugamos a bandidos y vaqueros
el viento se escapaba por las ramas
y yo arriba, más arriba
escondiéndome en mi selva particular
árbol huevo de toros, mangos,
y abajo, materile lirelo.
A veces, sin pisar a la rayuela,
un dos tres ¡pan y brinca!
por mi y mis compañeros
los he salvado a todos y tú
que hacías trampa contando
a la escondida. Y otro día
otro juego, ya lo sabes
“hijo hijo dónde estás,
donde mi abuelita”
¡A que te cojo! Y tú corriendo y
yo detrás, como si nos jugáramos
la vida, delirio de la infancia.
Un palo o una piedra,
camino hacia los cielos.
Pero mira, no recuerdo
haber jugado a matarifes,
soldados de mortífero atavío.
Por qué, entonces, con
la piel más arrugada nos conminan
a batallas más cruentas,
bombas, átomos, metralletas
para perforar hasta la médula,
las ideas
como juegos de niños inocentes,
chuparnos la sangre
el último suspiro,
aniquilarnos de verdad.
jugamos a bandidos y vaqueros
el viento se escapaba por las ramas
y yo arriba, más arriba
escondiéndome en mi selva particular
árbol huevo de toros, mangos,
y abajo, materile lirelo.
A veces, sin pisar a la rayuela,
un dos tres ¡pan y brinca!
por mi y mis compañeros
los he salvado a todos y tú
que hacías trampa contando
a la escondida. Y otro día
otro juego, ya lo sabes
“hijo hijo dónde estás,
donde mi abuelita”
¡A que te cojo! Y tú corriendo y
yo detrás, como si nos jugáramos
la vida, delirio de la infancia.
Un palo o una piedra,
camino hacia los cielos.
Pero mira, no recuerdo
haber jugado a matarifes,
soldados de mortífero atavío.
Por qué, entonces, con
la piel más arrugada nos conminan
a batallas más cruentas,
bombas, átomos, metralletas
para perforar hasta la médula,
las ideas
como juegos de niños inocentes,
chuparnos la sangre
el último suspiro,
aniquilarnos de verdad.
